martes, 30 de octubre de 2018

Belleza

No me hables de belleza, cuando los ojos sangran cortezas de árboles.
Nuestras bocas alimentadas de sal y olvido sin dientes, sin lengua, cortan legañas negras.

 No me hables de belleza que el llanto de una madre, hermana, hija nunca se enjuaga en bordados de lino y plata.
Nuestros vientres se abren al cielo despejado de municiones y tabaco para soltar el aliento cosido por generaciones.

No me hables de belleza porque está escondida en el cubo de reciclaje, allí donde los hombres grises no llegan.
Nuestras manos y pies han cavado un túnel para enterrar los clavos de la frente fronteriza.

No me hables de belleza mientras sigue desfilando una hilera de dedales por camisas manchadas de tierra, azúcar y pan.
Nuestra piel impermeable se abre al sol desaliñado, con motas de ceniza y agua clara.

No me hables de belleza porque en este destierro, todas tenemos el pecho abierto como lucernas de oscuridad.

I*

Instante

Las orejas de un perro escuchando la lluvia, y la lluvia de tu boca regando mi espíritu. La eternidad nunca tendrá sitio para nosotros,  somos hijos del instante.

I*

Desentierro


Las horquillas con ojos selváticos alumbran oscuridad, y en ellos se abre una brecha invisible de labios tintados que ya no guardan calor.

Se sientan las estalactitas en hombros cargados con millones de cabezas, y unas tras otras, las cabezas se revuelven, hasta perderse en el zumbido sonriente de una mosca.

Un cráter de laureles nos brota en la cara, nos lima la frente dejando besos en el equinoccio opuesto, en la parte carnívora del pecho izquierdo.

No regresan las fotografías de infancia, los dientes caídos se acicalan caspa y  en sus balcones bordan el nombre de todos los decapitados con hojas de veinte dólares.

Abrázame la suciedad de las uñas que es difícil andar cuando la tierra muerta se clava por dentro, en el parto de un estornudo, en la textura del sexo.

Masticáme el color de pelo quemado, las orillas del ombligo mal curado, el intermitente negro  que todo lo ve y todo lo absorbe.

Vestida de aire me asomaré a tus clavos cosidos con anises rojos para desenhebrar el acolchado de los ataúdes, esos que no dejan pasar la voz. Y así por fin escucharemos el canto desconocido de los nuestros. La música sin pulso de agua y arena, la sal dorada en la saliba perdida, la canica rota dentro de una mochila.

Algo ocurre. Nos desenterramos. Nos desenterramos. Nos desenterramos.

I*

LA PARTE OSCURA DE LAS ALAS


Se rompe la luz de tu boca asfaltada, el aliento aliñado de costa y los perros encierran en sus orejas millones de reencarnaciones.

Ellos, los perros reencarnados enjendran el sonido certero de huesos descompuestos y hombres tapizados de amarillo que se tambalean pidiendo cigarros.

Esa mañana querías fumarte el aire.

Volvamos al jardín secuestrado de migrañas y disfracemos a las plantas de prostitutas porque los yonkis resucitados andarán por encima de nuestros vientres, en procesión, invocando la carne que vive en los libros.

El destino de un filete robado es un tumor en el pecho, la condensación de palabras y el colesterol tendido sobre banderitas de Nepal.

Y las bragas secas tendidas sobre aluminio se alimentan de lombrices y los pájaros las regurgitan en cada esquina, hasta dejar la etiqueta bañada en el blanco de los ojos.

La silla tiene una cabeza enorme que nos arrastra al dolor alarido y mojado, con ese sabor húmedo que sólo esconden los ángeles en la parte oscura de las alas, la parte donde acumulan el llanto de todas las plegarias no escuchadas.

Esa mañana el aire te fumó a ti.

I*