miércoles, 12 de septiembre de 2018

Esbozos



El rostro se nos desdibuja, tenemos pétalos grises por dientes y dos alfombras de lino en los ojos.

 El bostezo de un perro invoca al sonido del frío y las lunas nos tocan suave el pelo para comérselo. Una vez en su estómago, todas ellas cantan canciones de agua.

Las luces lloran en silencio por esas piedras rojas dormidas en brazos arrugados de tiempo,
y el tiempo teñido de techo nos hace un hueco en los lápices regalados.

Los lápices que acumulamos en la punta de los pies, los que trazan líneas en la suela de nuestros pasos.

La otra pared torcida engulle cascadas de fuego nepalí porque el viento desliza días que dejamos para los niños de vientre redondo, hinchados de hambre y basura.

Aúllame en la orilla negra de estrías donde duermen los nombres perdidos y manchados. Los nombres que nunca nacen ni mueren, los nombres que no nos pertenecen.

Aúllame en el cráter astillado de puntas finas que el vello resopla y rema. Porque es el único lugar donde las huellas se abrazan unas a otras.

Porque es el único lugar. Unas a otras.

I*