miércoles, 31 de enero de 2018

LA ROPA DE LOS MUERTOS

Nadie habla con la ropa de los muertos, la que se queda callada y angosta mientras una falsa calma incendia los párpados ágiles del viento enmarañado.

Me entrego a la contemplación lúcida de los astros opacos sin brillo,
me entrego al gran vómito de la hierba mal crecida por la gracia purificada de las multinacionales,
me entrego a la abolición de las leyes judiciales mal dictaminadas,
me entrego a los finales inconclusos de las orejas oníricas en los que ya no caben pendientes porque la ceniza redujo su forma.

Los antepasados con sus antebrazos forman un círculo invocando sus ropas, las que ya no existen ni afloran en los tendederos desgarrdos de las fincas afiladas por la masacre capitalista.

Los antepasados enhebran nuestros ombligos , y allí estamos vistiéndote y escogemos de nuevo la camisa violeta porque los muertos no pueden elegir su ropa,
y allí estamos vistiéndote porque la ropa ya no es tuya si no nuestra,
y allí estamos vistiéndote porque tenemos nudos de sal atados en la garganta que guardan tu nombre en cada prenda de vestir,
y allí estamos vistiéndote hasta que un día podamos vaciar el armario que mamá sigue abriendo para admirarte suspendido de un beso tibio en la frente llena de arrugas como el oleaje del mar enturbiado, como el relámpago gris que anida en el remolino de los ojos cerrados como tu boca tapiada convertida en arena.

Y allí estamos vistiendo eternamente a los nuestros porque nadie, ya nadie  habla con la ropa de los muertos.


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