miércoles, 31 de enero de 2018

LA ROPA DE LOS MUERTOS

Nadie habla con la ropa de los muertos, la que se queda callada y angosta mientras una falsa calma incendia los párpados ágiles del viento enmarañado.

Me entrego a la contemplación lúcida de los astros opacos sin brillo,
me entrego al gran vómito de la hierba mal crecida por la gracia purificada de las multinacionales,
me entrego a la abolición de las leyes judiciales mal dictaminadas,
me entrego a los finales inconclusos de las orejas oníricas en los que ya no caben pendientes porque la ceniza redujo su forma.

Los antepasados con sus antebrazos forman un círculo invocando sus ropas, las que ya no existen ni afloran en los tendederos desgarrdos de las fincas afiladas por la masacre capitalista.

Los antepasados enhebran nuestros ombligos , y allí estamos vistiéndote y escogemos de nuevo la camisa violeta porque los muertos no pueden elegir su ropa,
y allí estamos vistiéndote porque la ropa ya no es tuya si no nuestra,
y allí estamos vistiéndote porque tenemos nudos de sal atados en la garganta que guardan tu nombre en cada prenda de vestir,
y allí estamos vistiéndote hasta que un día podamos vaciar el armario que mamá sigue abriendo para admirarte suspendido de un beso tibio en la frente llena de arrugas como el oleaje del mar enturbiado, como el relámpago gris que anida en el remolino de los ojos cerrados como tu boca tapiada convertida en arena.

Y allí estamos vistiendo eternamente a los nuestros porque nadie, ya nadie  habla con la ropa de los muertos.


martes, 23 de enero de 2018

Para los días que no nos vemos

Para los días que no nos vemos
tengo dos amapolas blancas que surcan el brillo crudo del alma,
el rincón recóndito de los relojes sin cuerda, ya que la cordura está mejor estropeada.

Para los días que no nos vemos
tengo un racimo de uva colgando del pecho abierto esperando a que el telediario proclame la paz en oriente medio.

Para los días que no nos vemos
abro en canal un libro que luego desaparece desfilando entre las manos agrietadas de clamor y cansancio.

Para los días que no nos vemos
convierto el negro en un lazo de lirios que se mecen silbando de locura en los puentes de madera que unen la mañana venidera.

Para los días que no nos vemos
tengo cien ojos y uno muerto por si los demás se escapan y es sólo así como recuerdo verte frente a las luces precarias de la belleza.

Yo no quiero un Black Friday.


Yo no quiero un Black Friday.

Yo quiero los abrazos crujientes de mi madre que abogan por la ternura desmedida,
la sonrisa que dispara vida y se propaga en mis sobrinos,
un mensaje de mis hermanos con un simple corazón que nos recuerda tu presencia evaporada,
el corazón confiado de una amiga abriendo de par en par sus anhelos más sinceros,
y un "te amo, te quiero, te todo" de ti con tus ojos secuestrados de tanto amor.

Yo quiero vivir lejos del opio publicitario y el réquiem eterno que por las noches nos canta el capital
porque mañana tendremos que volver a trabajar estoicamente con la frente marchita para comprar una televisión de plasma sin iva y ponerla en el salón agrietado de aceite y sudor.

Porque así lejos de todo el sentido tendremos tele nueva pero la misma mugre pegada en la suela de unos zapatos viejos que ya no soportan el rocío de la intemperie.

Me hago brecha


Él no me mira,
me traspasa.
Y yo le hago lo mismo:
Le traspaso una y otra vez como si el alma se pudiese tocar.


***

Emerge de nosotros una madriguera de agua
que riega los altares de mármol en los que se aplian yonkis
todos llevan tatuajes en las alas,
plumas punzantes rodean sus cabezas, las agujas son amuletos de cuarzo.

Los hilos erráticos construyen túneles de zapatos,
y las suelas eclosionadas besan la contaminación de los bolígrafos mudos
mientras la tinta aborta en la corteza ajena de una arboleda
en el suspiro amazónico que nace sobre el bajo vientre de las madres.

Me hago brecha.

Me hago brecha en la línea troceada que destroza el papel mojado,
me hago brecha en el gemido de un perro durmiente de párpados mordidos,
me hago brecha en la náusea del tráfico que tirita canciones de polvo blanco.

Cubrimos de guantes rotos todas las esquinas del espejo
para no tener que despertar a las cuerdas invisibles que nos sujetan el cuerpo.

ALLÍ, EN ESOS LUGARES


En cada bloque de hormigón que sujeta los cimientos del alma,
en el rincón de los libros ya violadamente leídos,
en las toallas limpias que desdoblo para enjuagarme el rostro,
en las perchas vacías que resguardan los vestidos del aire,
en las pestañas postizas que sostienen la mirada aguada,
en los óvulos retorcidos que otro mes se escapan por el desagüe,
en la contienda ilegal de un supermercado pakistaní,
en el olor virgen de los cigarros,
en las baldosas baldías por las que ya nadie camina,
en la figura de un barco tallado en mármol,
en la esquina torcida del vello creciente,
en el pecho cubierto de dientes arremolinados,
en los fusiles oxidados de los últimos de filipinas,
en las carteras abarrotadas de fotografías y recuerdos,
en la demolición de los sueños susurrados en el oído interno.

Allí, en esos lugares de la inhóspita cotidianeidad,
allí, en esos lugares de jarrones, manteles y paños,
allí, en esos lugares de jazmines y veranos, inviernos y grietas.

Allí, en esos lugares en continúa mudanza, te abrazo, padre.

TE TODO

Las hormigas se acumulan en la mirada horizonal del cuerpo, en ese otro lagrimal que escarba hacia lo hondo.

El invierno nos deja abrir los vientres y traspasar besos a la piel muerta que las orugas dejan después de amarse.

La mitad roja que nos separa sabe doblarse hasta convertirse en eso sin nombre que empuja, retuerce y amansa.

El condón umbilical lo arrastramos a modo de batín mientras nos coronamos reyes del mañana frente a espejos de luz.

El desbordamiento es llegar hasta aquí en el cauce de tu ser y el mío, en el borde fino donde se hacen el amor nuestras fronteras, donde el océano se agita hasta caer en los fogones de la cocina.

Te todo, todo el tiempo en la nada tan absolutamente nuestra,
en la nada que grita detrás de las cortinas que no tenemos,
en la nada que dormita en el bote medio vacío de suavizante,
en la nada que nos recubre el rostro con su manto convirtiéndonos en sus hijos,
y no podemos dejar de cantarle a cántaros con una ráfaga de rieles
que nos sostienen en la cúspide atmosférica de nuestros ombligos.

Te todo, todo el tiempo en la nada tan absolutamente nuestra,
en la nada que habita sobre las torres de cigarros ajenos,
en la nada que descuelga el teléfono y llama a otra nada,
en la nada que acumula el polvo de incienso para esnifarlo descalza,
y no podemos dejar de rezarle sin zapatos con las manos cortadas por la fina llama que nos cruza allá dentro, en la nada que todo lo hace nuestro.

ÁRBOLES FUSILADOS

Todas las mañanas fusilan a los árboles de la ciudad.
Desnudos nos contemplamos.
Cadáver frente a cadáver.

Las esquinas de mi cuerpo como
polvo de incienso en los dientes de una pantera negra.

Las esquinas de mi cuerpo como el cóctel molotov en manos de un niño soldado.

Nosotras las embarazadas de la nada rompemos el cordón umbilical que nos asfixia.

Nosotras las embarazadas de la nada abortamos crucifijos y el salario mínimo.

Los muertos nos reviven de la rutina rociándonos de saliva fértil mientras las semillas siguen exterminado al avispero ávido que habita en las bocas abiertas que se besan hasta ser arena.

Todas las mañanas fusilan a los árboles de la ciudad.
Desnudos nos contemplamos.
Cadáver frente a cadáver.

DESHECHOS



Te cuelgan de la retina ciento setenta y cinco lámparas, acumulas en ellas el rojo menstrual que remuevo al gemir como el maullido del mar enturbiado por jabón sucio.

Me rebelo como los girasoles, doy la espalda y apuntalo al sol bajo toneladas de vidrio reciclado, me rebelo como las lenguas metálicas que rayan la espesura del cartón-cama.

Me deshago en ti como mimbre trenzado en el hocico de un perro.

Me deshago en ti como una muchedumbre esquizofrénica de piel escamada.

Y así deshecha en huracanes huecos regreso al desierto para retorcerme donde regurgitan los sin espíritu con sus manos quebradas de tabaco y vejez, con el sonido del desfibrilador en los oídos del muerto, con la contingencia de tenedores sin dueño.

Te encuentro y me rehago entre tumores de pelo negro que enhebro al atardecer mientras le pregunto a tu vientre vespertino si conoce las trincheras de ojos uterinos que habitan en el cementerio reptil de nuestros sexos.

Y tu vientre se asoma espumoso respondiendo con el soplo - suspiro de un bote de plástico al arrugarlo, recordándome todas las veces que esparcí semen por las paredes de avenidas, puentes y garajes.

Y mi vientre ensangrentado empuja hasta parir contaminación lumínica y psicofármacos en edad prematura pero los huesos, los huesos baldíos siguen perforándome de manera errática como un cactus las bragas usadas, como la vertiginosa llamarada de vómito después de ser violada, como el relámpago de las ciento setenta y cinco lámparas bajo la manta donde follamos, donde desmembramos carne caduca, donde los átomos se atornillan en cada poro, donde te aúllo el sótano mientras se ilumina la risa de una planta seca, la risa de una cebolla risueña, la risa que dinamita el ocre color muerte.