viernes, 8 de diciembre de 2017

Búnker


Hice un búnker de abrazos y cosí aire en tu camisa manchada de mañana,
el aire que acaricia los añarazos sostenidos del último silbido
el aire que todo lo convierte en un papel arrugado de aluminio.

Las Iglesias anestesiadas que dormitan en la ciudad, se derrumban
se escucha el impacto de la piedra pecaminosa, el alud de cristales coloridos
en los márgenes de nuestras piernas enrraizadas, de nuestros estómagos vidriosos.

Desvelamos a los autobuses funerarios del aliento doliente donde habita la patria
donde los árboles enjaulados cantan solemnemente a lo desconocido
mientras las cucharas se retuercen unas a otras formando una colmena metálica.

Dos ramas de olivo posadas sobre mi pecho en señal de bandera negra
y mi pecho sobre el tuyo, tu pecho, el pecho tuyo nevado en el mío
así es como el hielo foja cuerpos en el humo del vaho que sopla una boca.

Un agujero de luz empapela la ausencia donde nos encontramos
ese lugar en el que hacemos un refugio ráfaga de líneas sin manos y trazos sin piernas
allí dónde todo acaba o nada empieza en una cascada de balas hechas lluvia.

El hálito estremecedor de las paredes marcan la geometría oculta del lienzo
el gemido interno de los relojes que acunan a nuestra bomba atómica
esa que pulsa e impulsa, regurgita y agita, vuelca y ahueca el sendero traspapelado del amor mío, del amor tuyo, del amor nuestro, del amor de los nadies.


I*

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